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OAXACA  

Coicoyán, en el filo de la miseria

Erika Ramírez, David Cilia, fotos, enviados
En el municipio más pobre del país, según indica el informe de Desarrollo Humano de la onu, las enfermedades curables y el cáncer socavan la vida de sus habitantes. Los  indígenas de Coicoyán de las Flores subsisten abandonados, sin caminos ni atención médica.

 

 

 


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Coicoyán de las Flores, Oaxaca. Bernardino Pineda Ortiz apenas había cumplido 12 años cuando los médicos del Hospital General de Oaxaca Aurelio Valdivieso lo desahuciaron, después de extraerle un tumor cerebral. No había más qué hacer. El niño quedó imposibilitado de todas sus facultades y con los músculos de sus extremidades atrofiados. Volvió a ser un bebé, dice Valeria Ortiz, su madre.

Hace seis años, comenzó a sufrir dolores de cabeza que se agudizaron poco a poco. En la comunidad de El Jicaral, la más alejada de la cabecera municipal, no hubo médico que lo atendiera ni diagnosticara el mal que le aquejaba.

Sus padres —nu’saavi o mixtecos que sobreviven de la agricultura de autoconsumo, como la mayoría de la población de esta región—  no sabían cómo calmar sus dolencias y carecían de recursos económicos para llevarlo a la clínica más cercana, ubicada en el distrito de Juxtlahuaca. El profesor de Bernardino exigió apoyo a los delegados de la Secretaría de Desarrollo Social para trasladarlo.

Durante el recorrido, iniciaron las crisis convulsivas y las “autoridades” decidieron  llevarlo a la capital del estado; los progenitores de Bernardino apenas entendían que su hijo estaba enfermo de gravedad. Ellos no hablan español y no obstante que Oaxaca es uno de los estados con más hablantes de lengua indígena (2 millones, según estima el Consejo Nacional de Población), en el hospital no hubo un traductor que les explicara la magnitud del problema.

En el expediente 273961 quedó asentado que ingresó el 30 de septiembre de 2000 con una tumoración endocraneana, por lo que fue intervenido quirúrgicamente. Después de varias complicaciones postoperatorias y dos meses de permanecer internado, fue dado de alta con un cáncer avanzado que no lo hacía “candidato” a tratamiento de quimio ni radioterapia.

Desde ese año, para la familia Pineda Ortiz se han intensificado todos los problemas que acarrean la falta de asistencia médica  y la miseria, pues ellos viven en el municipio más pobre del país, sin esperanzas de mejorar su calidad de vida y cambiar las condiciones de salud de su hijo.

Un estudio elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de México revela que  Coicoyán de la Flores tiene un índice de desarrollo humano de 0.4455, similar al de las naciones de África subsahariana.

En esta población, enclavada en la sierra mixteca, se acaban las fuerzas y las ganas de vivir, pues los padres de Bernardino, desesperados, ya no encuentran la forma de salir adelante. Ella, ocupa la mayor parte del tiempo en los cuidados de su hijo y en ocasiones cría algunos pollos para vender. Él, apenas gana 50 pesos diarios, sólo cuando hay trabajo en la limpia de milpa.

Viven en una pequeña choza de adobe con techo de lámina en la ladera de la serranía, junto con tres de sus hijos, hacinados como casi todos los pobladores de la región. Ahí, con una precaria alimentación y sin atención médica, Bernardino cumplió ya la mayoría de edad.

“Ya no quedó como antes, pasa todo el tiempo como un bebé, no se mueve nada”, dice Valeria Ortiz. Mientras, lo hidrata y acomoda un poco el camastro de madera vieja. El cuerpo de Bernardino se descubre pálido, extenuado y desnudo. “No hay más qué hacer, sólo esperar”, dice la madre.   

En ésta, como en otras rancherías del municipio, enfermar es sentencia de muerte. No hay clínica ni médico que haga valer el derecho a la salud de todos los mexicanos. Emiliano Pineda López, exagente municipal de El Jicaral y uno de los pocos pobladores que hablan español, asegura que la gente de aquí vive en total abandono.

“Queremos un médico que permanezca en la comunidad. Siempre mandamos nuestra solicitud a Oaxaca, pero el gobierno no nos hace caso. Dicen que no hay dinero para pagarle al personal, por eso es que tenemos una casa de salud sin doctor”, expresa, indignado. 

A lo lejos, muestra un cuarto construido hace un par de años, pintado de blanco y con la palabra “salud” resaltada en verde y azul. “De qué nos sirve si permanece cerrado”, exclama el lugareño.

Tierra Colorada

Los pasos de Anegleto Santiago son lentos y tortuosos para su avanzada edad. Apenas se sostiene con un palo de madera y camina sin rumbo. Duerme donde le caiga la noche, pues el hombre, que ha perdido la noción del tiempo y no recuerda su edad, es indigente en el municipio más pobre del país.

El frío comienza y la lluvia amenaza con caer pronto. Anegleto no porta nada que lo proteja; una camisa desgastada, un pantalón de mezclilla viejo y un huarache de hule son sus únicas pertenencias. Reposa sentado sobre la tierra. No puede más, soba sus pies heridos. Desde hace más de diez años iniciaron las molestias y la hinchazón que lo hace caminar con dificultad. No sabe qué es lo que tiene.

Gregorio López Morelos, agente municipal de Tierra Colorada, lo saluda y eso basta  para que el anciano comience a rezar sus males. Abatido, muestra las costras y protuberancias que se han formado en su pie derecho; el izquierdo no está mejor. Sus ojos también se han quedado con la “vista nublada”.  

El indígena nu’saavi pasa el tiempo solo, su esposa murió hace algunos años y sus hijos decidieron emigrar al norte del país en busca de mejores condiciones de vida. Come lo que la gente le invita: yerbas, maíz o frijol, no hay más qué ofrecerle. Tampoco cuenta con apoyo gubernamental y mucho menos con servicio médico.

En la mixteca oaxaqueña hay mucha gente enferma. El atraso y la marginación se evidencian en sus pobladores: descalzos, escuálidos y enfermos.

Las brigadas de salud que envía cada mes el gobierno estatal no han sido suficientes para erradicar los padecimientos en las rancherías de este municipio. Los niños sufren de enfermedades curables como vómitos, diarreas, infecciones en las vías respiratorias, las mujeres parturientas peligran por su vida  y la de sus hijos si no son atendidas a tiempo. La clínica de esta comunidad también permanece cerrada, reclama López Morelos.

En la Sierra Madre Sur, sus pobladores crecen y envejecen desprotegidos, lejos de todo. No hay fuentes de trabajo y en la primera oportunidad que se tiene, los hombres se van al norte. “A veces se pierden en la línea fronteriza. No se vuelve a saber de ellos, las familias se descomponen”, dice Gregorio López.

Los campos de Chihuahua, Sinaloa, Ensenada y Florida en Estados Unidos son destino de cientos de jóvenes y niños, que cuando regresan lo hacen porque hay que cubrir algún servicio a la comunidad, no renuncian a sus raíces.

Familias enteras han quedado divididas en espera de que llegue el día de Todos los Santos para ver quién regresa. Pero no en todos los casos se corre con esa suerte.  “Es triste porque hay quienes se van y abandonan a sus hijos. Aquí hay muchos huérfanos”, lamenta el agente municipal, quien también ha tenido que ir a trabajar en la pizca de chile, jitomate, pepino a los cultivos de Ensenada.

El pueblo de Tierra Colorada es considerado como una de las comunidades más viejas del municipio, donde habitan aproximadamente mil 200 personas en situación de extrema pobreza. Los programas gubernamentales como Oportunidades y Procampo no cubren ni al 50 por ciento de la población que los necesita. Del Seguro Popular sólo conocieron a los encargados de su afiliación, que llegaron a tomarles la foto y sus huellas dactilares hace un par de años, pero no saben ni cómo funciona.

Promesas incumplidas

En julio de 2005, el expresidente Vicente Fox Quesada visitó a los dos municipios más pobres de México: Metlatónoc, Guerrero y Coicoyán de las Flores, Oaxaca. El arribo del mandatario, acompañado de su esposa Marta Sahagún y otros funcionarios, así como del gobernador oaxaqueño Ulises Ruiz, fue espectacular.

Un helicóptero aterrizó en la cancha de básquetbol de la cabecera municipal, lo que evitó que el ejecutivo federal conociera los agrestes caminos que llevan a la marginación.

En el acto oficial se instruyó a los secretarios de Salud, Julio Frenk Mora; de Desarrollo Social, Josefina Vázquez Mota y de Educación Pública, Reyes Tamez Guerra, así como a la titular de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, Xóchitl Gálvez, agilizar la entrega de todos los programas de combate a la pobreza.

Fox Quesada aseguró a los pobladores de Coicoyán que para el 2006 habría la cobertura al 100 por ciento del Seguro Popular, esto implicaría que 50 mil familias de  la región tuvieran atención médica, medicinas, hospitalización, cirugía y otros servicios, “sin costo alguno”. También, ordenó la construcción de más escuelas y la ampliación del padrón de Oportunidades. Nada de eso llegó.

Para el mismo año en que se había garantizado la atención médica al 100 por ciento,  Albina Romero Nájera fue diagnosticada con cáncer en la matriz. La mujer de 45 años asistió, casi por suerte, al Hospital General de Oaxaca, donde le localizaron un tumor en el útero. En una segunda consulta le pidieron que regresara en otra ocasión porque “no había especialista que la atendiera”, dice encogida en hombros y con un semblante de dolor.

Pero “ella es pobre y ya no tuvo cómo regresar otra vez al hospital”, agrega Sebastián Romero Ramírez, agente de Llano Encino Amarillo. Porque aquí, el transporte es escaso y cuando lo hay cobra de 800 a mil pesos por llegar a la capital, en camioneta de redilas, cantidad imposible de pagar.

Sebastián Romero traduce al español las palabras casi inaudibles de Albina. “Sólo quiere vivir un poco más para seguir cuidando de las tres hijas que quedan con ella”. Mitiga por pequeños lapsos de tiempo los dolores en la parte baja de su abdomen, cadera y espalda baja, con un antiinflamatorio común, utilizado para controlar la fiebre, cólicos menstruales, calambres u otros dolores “suaves”.

Además, dice la mujer, la gente del hospital “me trató como a un animalito al que no le hacían caso, hacían como que no veían nada los doctores”. Ella sentía morir. Fue hasta que una persona que hablaba el mixteco exigió que la atendieran y le inyectaron un calmante, que sólo le duró el tiempo de regresó a su comunidad

La indígena nu’saavi es madre de cinco jóvenes que emigraron, les ha perdido el rastro. A veces, cuando la gente que la conoce regresa de los campos de Ensenada, “le dicen que sus hijos se han vuelto malos, que son unos cholos y que se han olvidado de ella”, cuenta.

Santiago Tilapa

“Aquí no se hace nada de la vida. No hay trabajo. No hay nada”, espeta Hilario Flores Tenorio, padre de Leonel, un niño sordomudo que a sus 11 años de edad se esfuerza por aprender a leer y escribir.

El niño indígena no cuenta con educación especial y nunca se le ha realizado un estudio médico, para saber si es candidato a utilizar un aparato auditivo o si tiene esperanza de elevar su calidad de vida. Su familia apenas tiene recursos para subsistir; se mantiene de  tortilla, frijoles y a veces arroz. La leche y la carne para los pequeños de este municipio  es un alimento que se llega a consumir una vez al mes, sólo si es posible.

 Leonel, sus seis hermanos y sus padres, viven en una de las viviendas más alejadas y escondidas de la comunidad de Santiago Tilapa, a más de una hora de camino en época de lluvias, porque la brecha que llega hasta ellos se enloda y el río que se atraviesan crece.

Todos los días Hilario y Leonel suben juntos a la agencia municipal; el niño asiste a la primaria y el padre desempeña el cargo de síndico, puesto que no es remunerado pues es un mandato de sus usos y costumbres servir a su pueblo.

La escuela Dzanhuindanda, donde aprende el pequeño, es la única en Santiago Tilapa. Ahí estudian aproximadamente otros 225 niños de nivel básico y no se cuenta con materiales didácticos suficientes para su enseñanza.

Florina Sánchez Cruz, directora de nivel preescolar, habla del abandono en que están los estudiantes y las escuelas de la zona. “Aquí todos son muy pobres, los pequeños carecen becas y desayunos escolares. Asisten a clases con un alimento precario: frijoles, salsa y tortillas, porque ya no hay más alimentación, no hay otra cosa que les nutra”, lamenta.

Los niños tienen que estudiar en aulas en mal estado, con vidrias rotos y láminas por la que se les trasmina el agua, los mesabancos no alcanzan y los dos salones que construyó el gobierno del estado hace dos años (nada más en esta comunidad) no son suficientes.

“Nosotros nos quedamos sin recursos para trabajar con ellos y lo único que les pueden mandar sus padres es un cuaderno y un lápiz, pero no contamos con más”, dice la profesora enfadada.

Es así como la enfermedad, el abandono, la incomunicación y el analfabetismo hacen de Coicoyán de las Flores –o “lugar donde se canta y se baila”– la región más pobre del país, en donde se han dejado promesas gubernamentales sin cumplir.

 

Negligencia oficial

En el “subsahara mexicano” la erradicación de la miseria se quedó en la demagogia política. Contralínea visitó en noviembre de 2002, el municipio de Coicoyán de las Flores (Contralínea 23). En ese lugar de la Sierra Mixteca las condiciones de vida de sus habitantes parecen infrahumanas.

Los que salieron a buscar mejor suerte en el norte del país o Estados Unidos es a los que mejor les ha ido, sólo porque han podido cambiar sus chozas de adobe por cuartos de cemento, pero la alimentación, salud y educación siguen en la marginación total. Tal es el caso de Vicente López Vera, un niño de ocho años que “nació con la vista boluda y no ve nada”, como relataba su padre, Alfonso López, hace cuatro años.

 Vicente ha crecido apenas un poco, en 2003 un particular decidió llevarlo a México para que fuera atendido en un hospital pediátrico. Después de publicado su caso, ninguna autoridad ni estatal ni federal hizo algo al respecto.

Cuatro años más tarde los ojos de Vicente parecen estar en estado de putrefacción, las infecciones que le provocan derramar lágrimas con pus no cesan. Él es uno más de los habitantes de esta región que sufren por una tumoración en la parte frontal del cerebro, según entendió su padre, cuando los médicos de la ciudad explicaron que había que practicarle una cirugía. “Me dio miedo, me dijeron que podía morir y decidí traerlo de regreso es mejor dejarlo a la buena de Dios la vida de su hijo”, confiesa.

Zacarías Sánchez Ortiz, agente municipal de Santiago Tilapa dice que “desafortunadamente” la gente de esta zona permanece sumida en el abandono. “No cambió nada con el presidente Fox y dudo que pase ahora con Calderón”.

El también maestro de educación básica, que ha recorrido todas las rancherías que conforman el municipio, dice que “nadie llega a nuestras comunidades y es una lástima ver cómo la gente enferma, muere y sufre por carecer de recursos para cubrir las necesidades básicas que tiene todo ser humano”.

 

 

 

 

Las cifras de Coicoyán

El Informe sobre Desarrollo Humano de los Pueblos Indígenas publicado en 2006 y elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de México, revela que Coicoyán de las Flores, Oaxaca, es el municipio más pobre del país, con un índice de desarrollo humano de 0.4455.

Los índices presentados en el 2005 por el Consejo Nacional de Población indican que en esta entidad habitan 7 mil 598 personas indígenas con “muy alto” grado de marginación, más del 70 por ciento de la población es analfabeta y un 83.60 por ciento de sus habitantes viven en el hacinamiento.

Según el XII Censo General de Población y Vivienda 2000, el municipio de Coicoyán de las Flores “contaba con 927 viviendas, de las cuales más de 841 contaban con piso de tierra, 69 con piso de cemento y firme y 11 con datos no especificados”.

Las agencias que conforman el municipio son: Santiago Tilapa, Coyul, La Trinidad, Tierra Colorada, El Jicaral, Rancho Pastor y Lázaro Cárdenas.

 

 

 

 

Publicado: Año 3 / Septiembre de 2007 / No. 34



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